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A nadie le gusta que le cuelguen un sambenito

sambenito

En la Iglesia primitiva era común que, por voluntad propia, los pecadores arrepentidos que deseaban expiar sus culpas portasen una vela de cera y vistiesen una especie de saco de lana bendecido por un sacerdote. Pero la terrible costumbre de hacer públicas y notorias las faltas, ya no propias sino de los demás, alcanzó su clímax con la llegada de la Inquisición. Durante el período de plena lucha contra las infamias de protestantes, calvinistas, erasmistas y por supuesto, judíos y moriscos, la Iglesia Católica castigaba públicamente cualquier desviación de la verdadera fe.

Bastaba una simple sospecha o la acusación de tres personas para que alguien se viese enfrentado al tribunal del Santo Oficio. En muchas ocasiones el acusado salía absuelto, pero en otras…

Las faltas consideradas como leves exigían castigos ejemplarizantes, autos de fe, escarnio público; es decir, la carga del sambenito. Veamos en qué consistía.

Todo aquel acusado o convicto por herejía debía portar sobre sus ropas de diario una casulla o escapulario de lana, algodón o lino amarillo, adornada con la cruz de San Andrés y otros elementos que hacían alusión al tipo de condena. A menudo se acompañaba de la coroza (capirote de papel prensado), un rosario, un cirio penitencial (encendido si eran reconciliados o apagado si eran impenitentes) y en el caso de los blasfemos, una mordaza. Esta penitencia se mantenía durante el tiempo que el tribunal de la Inquisición considerase necesario (podía durar años e incluso toda la vida).

Si la falta era grave, el precio era mucho mayor: además de llevar el susodicho sambenito, el condenado podía sufrir prisión, destierro e incluso muerte.

Cargar con un sambenito no era un mero castigo individual que suponía la pérdida de crédito y reputación. Cargar un sambenito implicaba la marginación social de toda la familia y la imposibilidad de trabajar en oficios públicos.

Una vez cumplida la condena,  el sambenito se colgaba en la iglesia a la que pertenecía el hereje indicando su nombre, su delito y su castigo. De esta manera, la penitencia se convertía en eterna.

Actualmente utilizamos esta expresión para  definir el descrédito que queda de una acción y para indicar la difamación de alguien. Sin embargo entre las definiciones de la RAE aún se mantienen las siguientes:

Capotillo o escapulario que se ponía a los penitentes reconciliados por el tribunal eclesiástico de la Inquisición.

Letrero que se ponía en las iglesias con el nombre y castigo de los penitenciados, y las señales de su castigo.

El origen de esta palabra no está del todo claro. Mientras que algunos creen que proviene de saco bendito, otros abogan por un origen bien distinto: San Benito. Los monjes benedictinos, los “monjes negros“, llevaban sobre el hábito un escapulario de la anchura de los hombros, que les llegaba hasta las rodillas. Este escapulario, mandil o delantal, primero se llamaría San Benito, y luego, sólo sambenito, perdida la noción del nombre del santo.

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